martes, mayo 30, 2006

POEMAS DEDICADOS A LIUBA

LIUBA MARÍA,
una voz de Hispanoamérica.

Cuando al cielo se levanta
la voz cubana de Liuba,
desde el corazón de Cuba
América sueña y canta.
Del panal de su garganta
surgen mieles de armonía;
y nunca una melodía,
hija de las soledades,
mayores afinidades
tuvo con la Poesía.


Canción urbana y montuna,
voz de tan nuevos matices,
que sin perder sus raíces
no se parece a ninguna.
Magia de un claro de luna
hecho música en la palma,
mensaje de amor que en calma,
para enamorar al mundo,
sale de lo más profundo,
lírico y azul del alma.


Nuestra América y España
tienen en la voz de Liuba
un cóctel de piña y uva,
capulí, durazno y caña.
Canta Liuba y la acompaña
un dulce instrumento moro,
y es como si el dios sonoro
de los misterios del monte,
le hubiera dado a un sinsonte
trinos de ángel y alas de oro.

Jesús Orta Ruiz
- Indio Naborí -
Premio Nacional de Literatura
Cuba, 1995

lunes, mayo 29, 2006

MI DECISIÓN

He decidido escribir sobre mi muerte.
El ultimo peldaño de mi vida,
sin temores, sin quebrantos, sin dolores.
Es una simple retirada solitaria.
En busca del Cosmos infinito.

Yo quiero morir en la mañana,
al salir el sol de cualquier día,
en el momento mismo en el que la vida empieza
y se ocultan las tinieblas de la noche.

Yo quiero morir en pleno día
con el viento y el sol de compañia.
Alegre y quizás muera de risa
olvidando el mundo que se aleja...
Los pesares que fustran la existencia
la malicia, el cinismo de las gentes
que siguen vegetando todavia.

Y quiero morir alegremente
en pleno conocimiento de los hechos
y caminar erguido y confiado hacia la muerte,
sin mirar atrás, ¡siempre de frente!

He pedido que mis despojos sean cremados,
no solo por no alimentar a los gusanos
sino para fundirme en el etéreo
y volver al origen de mi origen.

Y pretendo escribir en mi epitafio:
Yace aquí un hombre
que vivió cada día
como si fuera el último hombre
y el último día.

Dr. Eduardo A: Ruiz J.
Jefe del Servicio de Medicina Transfusional
SOLCA- Guayaquil-Ecuador

domingo, mayo 21, 2006

VENUS SURGE DE LOS ESPEJITOS

Venus surge de los espejitos
de los marineros borrachos...

El vientre de las cortesanas
está lleno de estrellas marinas:
el vello de sus sexos es rubio
como el tabaco de las pipas.

Venus surge de los espejitos
de los marineros borrachos...

Un viaje por los senos
de la mujer amada...
Hay más agua dulce en la espuma del mar...

Venus surge de los espejitos
de los marineros borrachos...


MIGUEL ANGEL ASTURIAS

PROVERBIO PERSA

Sólo el que ama,
sabe dar valor a las cosas más pequeñas

PROVERBIO MEXICANO

Todos los hombres estamos hechos del mismo barro,
pero no del mismo molde.

martes, mayo 09, 2006

Ficción

Me sentía
sola y vana
ante mis zancadas en la vida.
Todo era mentira
incluida yo.
Refugiada
en las palabras...
aislada de emociones
Sonó el teléfono
me susurro al oído,
reconocí en su voz
la señal que ya no pensaba
y supe que iba a implicarme.
Así fue
como llego a mi vida
él...
El hombre proyectos
cargado de emociones
fantasías...
Desnudo
ante mis coartadas,
descubre hasta lo que disimulo.
Dura corteza
para la verdad,
pesada máscara
tratando de cubrir
para proteger
mi corazón;
no pude
y resulto mentira.
Así que dudo todavía
entre perderme en la poesía
o incluir mis sueños
en el programa del olvido.
La Maga Blanca
retorna a su guarida...
El cuento escrito por él
y representado por mi
pasa por sus secuencias finales,
consumidas
por el mismo tiempo.
El beso enloquecido
del hombre
anónimo
era...
más de lo mismo
ficción.

Madrid 15 de Abril de 2006
María Alventosa Talens

jueves, mayo 04, 2006

ENTRA SIN MIEDO EN ESTE MUNDO MÁGICO DONDE TODO ES POSIBLE...

Entra sin miedo en este mundo mágico donde todo es posible,
donde no hay leyes físicas ni humanas que prohíban los milagros.
Entra en el reino sin rey de la utopía,
en el país sin fronteras donde los soldados son de plomo,
los tanques de caramelo y los misiles de helado de vainilla.
Ven a este mundo sin cárceles ni manicomios, sin juzgados de guardia,
sin agencias de publicidad, sin bancos...
Entra en el reino de la fantasía, en el reino de la música y de la palabra.
Ven, no necesitas dinero ni equipaje.
Aquí la única moneda de curso legal es el amor.
No te preocupes por el traje.
Aquí todos vamos casi desnudos, como los hijos de la mar.

www.jesusquintero.com EL LOCO DE LA COLINA> REFLEXIONES
Jesús Quintero
EL LOCO DE LA COLINA

sábado, abril 15, 2006

LAS PALABRAS Y EL TIEMPO

Alaíde Foppa
Las palabras y el tiempo


I
Una infancia
nutrida de silencio,
una juventud
sembrada de adioses,
una vida
que engendra ausencias.
Sólo de las palabras
espero
La última presencia.

II
Casi todo lo espero
de las palabras
sin saber siquiera
lo que prometen
lo que niegan
lo que está más allá
del eco que despiertan.
No sé
si nacen en mis labios
o alguien
me las va dictando
en un mudo lenguaje
del que ignoro la clave.

III
Acaso me escondo
en las palabras
y abrigo en ellas
mi desnudez,
o acaso
me van quitando
hasta el último velo
que me disimula.

IV
Temo las palabras
porque lastiman con su roce
lo que es apenas nacimiento,
temo que destruyan
sentimientos intactos.
dura corteza
para la poesía
pesada máscara
sobre su rostro claro.
ay, quién pudiera
volver música
y rasgar el aire
sin esfuerzo...

V
¿Por qué escribo?
¿Por qué estoy sola
y me asustaría
mi voz?
¿Por qué despierto
de un sueño confuso
que no recuerdo?
¿O sólo porque encuentro
una página blanca
y tengo un nudo
en la garganta?

VI
Toda la vida
buscando palabras
propias
sinceras
nuevas
olvidadas
limpias,
para decir
sin decirlo
un secreto que lastima,
para dejar
que sangre la herida,
para consuelo
de no hacer
lo que no se puede hacer.

VII
Suelen hablarle a alguien
los poetas.
Se dirigen al pueblo
con una espada reluciente
o con una espiga
en la mano,
cantan dulces canciones
al ser amado,
revelan a nuestro asombro
deslumbrantes paisajes
y dejan flores
en su camino.
Y yo,
en mi oscuro nido
llevo la poesía
como un mal oculto
como un secreto
como un fruto prohibido.

VIII
Poesía nocturna
casi sin palabras.
¿De dónde llega?
¿Por qué se detiene
aquí
esta noche
su indescifrable lenguaje?

IX
Palabras latentes
buscan su camino.
No saben
adónde van
ni para quién son.
Mas si logran
atravesar mi noche
las veré brillar
de repente.

X
Escribo en la sombra
mudas palabras
que nadie sabe,
signos confusos
que nadie lee,
resabios de sueños
sin aurora,
palabras dormidas
en un largo silencio.

XI
Me visita a veces
todavía
en las palabras
de un poeta amigo
o en alguna
palabra mía
florecida
inesperadamente.
Misteriosa flor
desarraigada,
efímera presencia
a todos oculta:
poesía.

XII
Una poesía
nació esta mañana
en el aire claro.
Estaba distraída,
se me fue de la mano.

XIII
Quisiera decirlo todo
con unas pocas palabras
cotidianas
y que al decir
manzana
vibraran en el aire
frescos colores
sabores acidulados
equilibrios formales
memorias
símbolos.
Pero
¿hace falta la palabra
si existe la manzana?




Alaíde Foppa fue una feminista guatemalteca, profesora de la UNAM, critica de arte y poeta.
Militó activamente en el movimiento de derechos humanos de Guatemala.
En diciembre de 1980 fue detenida por un comando militar en la ciudad de Guatemala. Nunca apareció. Sin embargo se supo que murió en una sesión de tortura.
La poesía fue el hilo conductor de su vida.

martes, marzo 21, 2006

Pido que el camino sea largo

Pido que el camino sea largo

Pido que el camino sea largo
pues lo que ha de acontecer
lo llevo dentro de mi alma,
el pasado dicta mi suerte…
Mi destino es la nada,
pido que el tiempo se detenga,
encontraré otros lugares,
la problemática me seguirá.
Vagaré por otras ciudades
con las mismas emociones,
en otras calles…
En dónde fije mis ojos
y adonde quiera que vaya,
contemplaré la miseria de mi vida.
En dónde quiera que viva
aparece mi pasado
como condena dictada.
Adonde quiera que arribe
tendré mi ruina
dónde quiera que este
hallaré el abismo
y la negación a resurgir.
Mi destino es el vació
y la estupidez cotidiana.
Pido que el viaje sea largo
quizá así me salve de la huida.


María Alventosa Talens
Madrid 4 de Febrero de 2006

lunes, marzo 20, 2006

EL PADRE PABLO

El Padre Pablo
Ugo Calvigioni


Desperté temprano como todo domingo, aroma a café, tostadas, lecturas del periódico.
Camine hacia las puertas de la catedral, esperaba ver un sol radiante, pero algunas
nubes grises y vientos como venidos de lugares paganos acariciaban los arcos del
santuario. La gente del pueblo llegaba y se situaban como siempre en el mismo lugar.
Un día pleno.
Solo un asiento quedaba sin ocupar.
Comencé la misa como de costumbre, mis oraciones, algunos cantos de mis ayudantes.
Por un instante se hizo silencio...
entraba ella, directo al único asiento vacío.
De figura esbelta, con capa obscura,
la seguí con la vista hasta buscar su mirada.
Sus ojos grises me invadían desde allí sentada, miles de fieles y solo la veía a ella.
Sentía correr por mis venas pecado y lujuria, mientras oraba.
Cerré los ojos para pensar por un momento que solo era una ilusión,
levante mi rostro y nadie había.
Nadie.
Solo ella,
sentada frente a mi, ofreciendo su cuerpo.
Nos amamos en el altar, entre oros y encajes de satén,
con la inmensidad de un sacrificio, fuegos sin freo
cruzando los pecados, sin paz.
A lo lejos, escuchaba murmullos que se acercaban,
gente corriendo, alborotada.
No pude abrir los ojos, aquella mujer era,
mi muerte.
Mujer de ojos grises, rosa del pantano,
hoy todavía te busco, y me encuentro en otra frontera.
Este humilde Padre, seguirá pecando por ti.

NOTA SOBRE LA CONSTRUCIÓN DE LAS MASAS

Nota sobre la construcción de las masas

Alguna gente es joven y nada
más y
alguna gente es vieja y nada
más
y alguna está en el medio y
sólo en el medio.
y si las moscas usaran
ropa
y todos los edificios ardieran en
fuego dorado,
si el cielo se sacudiera como
en la danza del vientre
y todas las bombas atómicas empezaran a
gritar,
alguna gente sería joven y nada
más y
alguna gente vieja y nada
más y el resto sería lo mismo
el resto sería lo mismo.
los pocos diferentes
son eliminados bastante rápido
por la policía, por sus madres, sus
hermanos,
y otros
por sí mismos.
Lo que queda es lo que
ves.
Es duro.


Charles Bukowsky
EEUU

lunes, febrero 06, 2006

LA VENGANZA DE DON QUIJOTE

Capítulo nosecuántos

LA VENGANZA DE DON QUIJOTE

que trata del artificio para desfacer el grande entuerto del malandrín y de otras maravillas que el lector leerá

Manuel Talens


Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara, Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin.
Jorge Luis Borges, La espera


Sacha Talens: Ofrenda a Dulcinea (tinta sobre celofán)

Le encantaban los espejos, la literatura fantástica, la electrónica y las enrevesadas hazañas de la Biblia. David Menahen descubrió la fantasía como todo el mundo, cuando tuvo el suficiente raciocino para darse cuenta de que la imagen de su cuerpo frente a la luna del armario se correspondía con la realidad, pero era inexistente, intangible.
La veneración por la literatura fantástica le vino después. Sin duda animado ante el embeleso por los espejos que observaba en su nieto, el abuelo de David le regaló a los ocho años una edición infantil de Through the Looking-Glass and What Alice Found There, de Lewis Carroll. Ni que decir tiene que el niño leyó el libro con pasión. A partir de entonces observó con ojos distintos la biblioteca de su abuelo, una soleada pieza repleta de volúmenes que revestían por completo las cuatro paredes. Empezó a leer por el anaquel inferior de la derecha, según se entraba desde el rellano de las escaleras, y fue avanzando en dirección al Sur, luego al Este, después al Norte y a continuación al Oeste, para por fin cerrar el círculo cuadrado del anaquel, de nuevo en dirección al Sur, tras haber convergido con sus lecturas en el lado izquierdo de la puerta. Necesitó cuatro años para completar el primer anaquel, durante los cuales engulló buena parte de Lovecraft, todo Asimov, Dracula, de Bram Stoker, Frankenstein, de Mary Shelley, las obras completas del francés Jules Verne, The Adventures of Huckleberry Finn, de Mark Twain, el falso orientalismo de Salgari y los falsos apaches de Karl May, cientos de relatos de autores olvidados e incluso algunas obras de un magnífico escritor argentino traducido al inglés. Quizá fuese The invention of Morel, con sus infinitas posibilidades de amoríos intangibles, la novela que despertó la futura curiosidad de David por la electrónica de implicaciones metafísicas.
Los Menahen residían en Burwell, un diminuto pueblo de Nebraska cuyos escasos habitantes, habituados a las soap operas de la televisión, encontraban incomprensible una familia libresca como aquélla. Pero en realidad los Menahen no vivían allí, sino en mundos de ensueño. Criaron fama de gente rara.
A los doce años, ya erudito en ciencia ficción, David Menahen subió de grado y atacó el segundo anaquel. Catorce meses después, cuando avanzaba de nuevo en dirección al Sur, se topó con un libro de título curioso: The Adventures of Don Quixote, by Cervantes (translated by J. M. Cohen and published in England by The Chaucer Press, 1950). Le preguntó a su abuelo por el hallazgo.
–Es la historia de un hombre que se trastornó de tanto leer y luego quiso aplicar sus lecturas a la vida de todos los días. Por supuesto, se dio de bruces contra la realidad.
David tardó siete semanas en terminar la novela. Se detuvo con delectación en el episodio de los molinos de viento y llegó a aprender de memoria el discurso de Don Quijote a los cabreros sobre la ignorancia antigua entre las palabras tuyo y mío. Tomó buena nota del cuerdo delirio del caballero de la triste figura y nunca olvidó su infortunado destino.
Su afición por la Biblia se forjó años más tarde, en el quinto anaquel, cuando David estaba a punto de iniciar sus estudios de electrónica audiovisual en el Massachussets Institute of Technology, tras haber obtenido providencialmente una beca de la Fundación Donahue gracias a sus excelentísimos resultados escolares, situados por encima del noventa y nueve percentil de los estudiantes del país. La familia Menahen, de origen lejanamente sefardí, no practicaba religión alguna y el único culto doméstico era la literatura, por lo cual la Biblia, incluido el Nuevo Testamento cristiano, formaba parte de la biblioteca como una novela de novelas. La edición que leyó el muchacho era un precioso facsímil de la vieja traducción de Wiclif, editado en Boston en 1924.
Los años universitarios de David Menahen en los alrededores de Cambridge (Massachussets) fueron febriles en lo científico, pero de poco esparcimiento extracurricular. No disponía de dinero extra para compartir vida social con sus compañeros de curso, por lo que pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio en el pequeño taller de electrónica que había instalado en el ropero de su minúsculo apartamento. La embriagadora actividad de los microcircuitos, combinada con la lectura espesa de tratados económicos subversivos y con el tierno contrapunto de las parábolas evangélicas terminaron por atrofiarle las neuronas de la codicia, lo cual dejó vía libre al desbordamiento mesencefálico de la hormona del amor. Pronto corrió la voz en el MIT de que era un tipo raro. Hay estigmas familiares que a uno lo persiguen vaya donde vaya.
Fue por entonces, exactamente el 17 de mayo de 1988, cuando puso a prueba con éxito su primer experimento. En apariencia la invención se trataba de un televisor Sony como los demás, pero David había sustituido los microchips del circuito primario, made in Japan, por otros de producción propia con soldaduras covalentes de titanio paranormal y durante unos minutos, en la soledad de su ropero, fue el único ser humano sobre la tierra que logró contemplar en la pantalla, con diecisiete años de antelación, una escena aterradora de un hombre con indumentaria color naranja en un entorno tropical. Su cara le resultó familiar cuando la cámara lo enfocaba en primer plano, pues reconoció en seguida el rojo hemangioma de nacimiento, en forma de corazón, que se le destacaba en la mejilla.
Pero aquel invento revolucionario, y al mismo tiempo secreto, provocó un fallo imprevisto: el tendido eléctrico del estado de Massachussets se sobrecargó de tal manera con la avalancha de energía sobrenatural que al cabo de seis minutos de retransmisión premonitoria hubo un corte de luz generalizado que aún recuerdan en New England como una pesadilla, pues se necesitaron tres días para repararlo. David, por miedo a que las investigaciones policiales llegasen a descubrir que él había sido el autor material de un desastre que ocasionó pérdidas económicas multimillonarias, hizo desaparecer la prueba tangible de su culpabilidad en el fondo del río Charles. Al fin y al cabo, se dijo, lo importante es tener la fórmula en la cabeza.
Su camino de allí en adelante, ahora ya lo sabía, estaba trazado. Terminó los estudios con el número uno de su promoción y sorprendió a todo el cuadro profesoral del MIT al anunciar que renunciaba a una carrera académica. Dio la excusa de que no podría soportar las presiones que ésta ocasiona. Regresó a Nebraska, aceptó sin dudarlo un oscuro puesto de programador informático en una compañía electrónica de Omaha, alquiló un bungalow en el suburbio de Laplatte y se puso a la labor. El trabajo en Northern Digital Unlimited Co. le proporcionaba suficiente dinero para sobrevivir y continuar por las noches, en el sótano de su casa, las investigaciones cuánticas sobre ondas hertzianas de logaritmo inverso cargadas de iones telehipnóticos provocadores de verdad.
Era un hombre solitario. Nadie le conoció mujer, si bien las pesquisas posteriores que llevó a cabo la brigada científica –por medio de un software ultrasofisticado de recuperación de datos informáticos– descubrieron que el disco duro de su portátil clónico personal había mantenido conexiones asiduas a través del chat con una dirección electrónica de San Francisco, dulcinea@hotmail.com, y que aquellos intercambios virtuales alternaban análisis de crítica literaria, descripciones semióticas de iconos telesensitivos, fórmulas euclidianas incomprensibles y apasionadas cartas de amor.
La biblioteca que David fue reuniendo llegó a superar a la de su abuelo. Se enfrascó tanto en la lectura de libros científicos y en las ecuaciones del proyecto de su vida que olvidaba con frecuencia hasta el aseo personal. Cualquiera hubiese podido tomarlo por el espíritu del hambre. El rostro se le quedó enjuto. Los ojos, sin embargo, le brillaban al mirar. Era alto y seco, se ataviaba con ropa de saldo del Salvation Army y la grotesca figura que componía al circular por las calles, subido en su vieja bicicleta y con el paraguas en ristre, promovía la sonrisa de los vecinos. Los perros ladraban a su paso. Parecía un caballero andante posmoderno.
Sólo en su taller se sentía feliz. El sótano estaba atiborrado con montones de aparatos, microchips, procesadores, circuitos impresos, antenas retroparabólicas, módulos de visualización bidireccional, tiristores, cámaras digitales de alta definición, módems, conmutadores inalámbricos, magnetos, radares, escáneres, deuvedés, disquetes, cederrones, espectrógrafos, diodos, resistencias, dispositivos de gestión de relés, cables de multiconducción en vacío y un sinfín de artilugios más, todos ellos multiplicados hasta lo eterno por espejos de trampantojo en las paredes, que previamente hizo instalar con el objetivo de nutrir la fantasía. Nadie escapa a los recuerdos de la niñez.
Su plan avanzaba con lentitud, pero sin descanso alguno. En la Navidad de 2003, cuando ya peinaba algunas canas en las sienes, se sintió preparado para actuar. Tenía casi un mes por delante. Cronometró varias pruebas simuladas en circuito cerrado de televisión y calculó todos los detalles con la exactitud matemática que había definido su existencia.
Por fin, el 24 de enero de 2004, justo cuando todas las cadenas televisivas nacionales conectaron con el Congreso en Washington para retransmitir en directo el discurso sobre el estado de la nación del presidente George W. Bush, David Menahen apretó el interruptor de su flamante artefacto. La suerte estaba echada. El hardware emitió un zumbido y se puso en marcha. El primer mandatario sonreía con mansedumbre en las pantallas del país.
–Señor Presidente de la Cámara, Vicepresidente Cheney, miembros del Congreso, distinguidos invitados y conciudadanos –dijo con su inconfundible acento de Texas–, esta noche, Estados Unidos es una nación llamada a hacerles frente a grandes responsabilidades. Y estamos poniéndonos a su altura para cumplir con ellas –respiró hondo y continuó–: Soy un embustero, mentí en la guerra contra Afganistán y volví a hacerlo en la de Irak. Estaba al corriente de que Sadam no tenía armas de destrucción masiva, pero necesitábamos su petróleo para seguir alimentando el imperio y por eso provocamos el conflicto. El gobierno de este gran país es hoy en día culpable de genocidio y de grandes actos terroristas contra la humanidad…
Pero entonces, el artefacto de David Menahen volvió a fallar de la misma forma que aquel otro construido en 1988. La electrónica nanomolecular no es una ciencia totalmente exacta, al abrigo de cortacircuitos exteriores. Los ingenieros del servicio de inteligencia determinaron en su informe que el vetusto tendido eléctrico del Mid West no había podido soportar el disruptivo kiloamperaje de las corrientes telepáticas emitidas desde Laplatte contra las fuerzas hertzianas que llegaban vía satélite a Nebraska. El estado entero se quedó en tinieblas.
Al amparo de la repentina oscuridad, el porcentaje de atracos, saqueos y asesinatos aquella noche se multiplicó por tres en Omaha. Por su parte, las cadenas de televisión del país interrumpieron de manera abrupta el extraño discurso de George W. Bush y los telespectadores no pudieron presenciar la escena increíble que tuvo lugar en el Congreso, durante la cual varios agentes de FBI se lo llevaron detenido como paso inicial del impeachment de que fue objeto dos años más tarde, en marzo de 2006, convicto de atentado verbal, público e irreversible, contra el honor y la democracia de Estados Unidos.
David pasó casi toda la noche en vela en su bungalow del suburbio de Laplatte. Sólo pudo conciliar el sueño después del amanecer. En su fuero interno estaba seguro de que esta vez la suerte no iba a acompañarlo como en 1988, pues los adelantos tecnológicos del siglo XXI permitían ya que la omnipresente red antiterrorista del país localizase con exactitud la procedencia de cualquier ataque espiritual contra los medios de comunicación. Recostado en la cama, tomó en sus manos la Biblia que solía ojear por las noches desde sus años adolescentes. Pero esta vez no la abrió al azar, sino que fue directo al Evangelio de Juan, buscó el capítulo 18 y, con premonición, recitó en voz alta los versículos 1 al 13. Tenía miedo, pero se sentía satisfecho de su hazaña. El malandrín había mordido el polvo, la escena entera de la confesión estaba grabada en su deuvedé y seguramente en los de millones de hogares de América del Norte. Don Quijote acababa de vencer a los molinos de viento. Por una vez, se dijo, aunque sólo fuese por una vez, la fantasía logró ser más poderosa que la realidad.
Se quedó dormido entre sudores fríos. Soñó que corría junto a Alicia y que los dos cruzaban del otro lado del espejo. Al llegar a un monte con olivos la perdió de vista. Había amanecido y la brisa de la mañana le pareció sombría. Era ya (lo supo con la certeza de los sueños) el 25 de enero de 2004. La presencia de dos desconocidos, no el ruido de la puerta cuando éstos la abrieron, lo despertó. Altos en la penumbra del dormitorio, pero bajos los ojos como si el peso de las pistolas que empuñaban los encorvara, los agentes federales lo habían descubierto, por fin. David Menahen no opuso resistencia y se dejó llevar, sin decir palabra, con las manos esposadas a la espalda. Le vendaron los ojos y lo trasladaron por aire a un lugar desconocido. Horas después, durante el interrogatorio, tampoco abrió los labios, ni siquiera cuando le aplicaron electricidad en los genitales. Estaba mentalmente preparado para resistir. Por último, en un cuarto sin ventanas lo fotografiaron de frente y de perfil mientras un anónimo funcionario en mangas de camisa recitaba ante una grabadora, con voz monocorde, «varón caucásico, seis pies de altura, ciento treinta y ocho libras de peso, signo distintivo en la mejilla izquierda, una mancha roja en forma de corazón».
Luego, lo despojaron de todo, de sus ropas, de sus documentos de identidad, de su pasado, y un agente hispano de contrainsurgencia le entregó una bolsa con el definitivo uniforme color naranja. Al despuntar el día, desde el aeropuerto militar de Andrews, un avión despegó con rumbo a Guantánamo.

www.manueltalens.com

miércoles, enero 25, 2006

MÁS CONSEJOS

Yo siempre traspaso los buenos consejos que me dan. Es para lo único que sirven.

Oscar Wilde

UN CONSEJO

Un consejo es algo que pedimos cuando ya sabemos la respuesta, pero preferiríamos no saberla.


Erica Jong

sábado, enero 21, 2006

STEFAN ZWEIG

Voy a contarte mi vida entera, esta vida mía que
no empieza, realmente, hasta el día que te vi
por primera vez.
Stefan Zweig

viernes, enero 20, 2006

GILBERT HERDT

GILBERT HERDT:

"LA SEXUALIDAD ES UN DERECHO HUMANO,
Y CONSIDERO QUE MERECE RESPETO EN TODAS LAS SOCIEDADES Y ESTADOS"



Gilbert Herdt, antropólogo y especialista en sexualidad humana.
Actualmente es el director del Centro Nacional de Recursos sobre Sexualidad y del Programa de Estudios sobre Sexualidad Humana de la San Francisco State University (EEUU).

jueves, enero 19, 2006

AVE DE PARAISO

.Traducido del portugués por Elkin Obregón Sanín

Una vez por semana visitaba a la mujer. Para exaltarse, lo decía conmovido. Ella lo creía, y lo recibía con pastel de chocolate, licor de peras y frutas recogidas en la huerta. Los vecinos comentaban aquellos extraños encuentros, pero ella lo quería cada vez más. Él, adivinando su vida fácil, le pedía disculpas con los ojos, como diciendo, de qué otro modo debo amarte.
Comía el pastel y rehusaba lo demás. Aunque la mujer insistiera. Es por ceremonia, pensaba ella escondiéndose en su sombra. Una vez le preparó una cena sorpresa. La comida olía muy bien, las esencias acababan de llegar de la China. Brillaban los cubiertos y los adornos comprados especialmente para el día de la fiesta, cuando él abriría los ojos, encantado.
El hombre observó todo con aprobación. Siempre la había juzgado sensible a la armonía, a la gracia. Una confianza que sintió desde el mismo instante en que se conocieron: en el tranvía, advirtiendo que había olvidado el dinero del pasaje, ella miró a su alrededor sin decidirse a pedir auxilio. Él pagó y le dijo, casi en un susurro, yo también necesito ayuda, ella sonrió y él le tomó la mano, ella accedió con timidez, y cuando la dejó a salvo frente a su puerta le prometió volver al día siguiente.
-No insistas, no quiero cenar. Con naturalidad, parecía un pez inspeccionando el mar. Ella lloró, pensando, entre tantos hombres Dios me destinó el más difícil. Fue el único instante de desfallecimiento de su amor. Al otro día recibió rosas, y la tarjeta tan sólo decía: amor. Ella rió arrepentida, condenando su incontinencia. No debía haberlo sometido a semejante prueba, que él rehusó heroicamente. En la siguiente visita la amó con fervor de apátrida, y repetía en voz baja su nombre.
Una vez desapareció tres meses, sin cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Ella pensó, voy a morir. En torno de la misma mesa, el mantel pintado de rojo, que había preparado durante un largo sábado, la cama de sábanas blancas, que ella lavaba personalmente, evitando el exceso de anilina, la casa, en fin, que él dejó de frecuentar sin dar aviso. Recorría las calles y a cada suspiro agregaba:
-¿Qué es de la mujer sin la historia de su amor?
Había cursado el bachillerato en su ciudad natal. No quiso ser profesora. Desde pequeña soñaba con casarse. Su única ambición. Temía al hijo ajeno sustrayéndole una fuerza que los de su propia carne merecían. La madre protestó, necesitaban dinero. El padre había perdido el empleo, la edad le pesaba. Terminó en el mostrador de la farmacia de su padrino, y la madre, cosiendo por encargo. A ella le correspondía encargarse de los oficios de la casa, ya que se negaba a ejercer el magisterio. Fue entonces cuando descubrió los encantos de la cocina. Pero la receta del pastel vino más tarde. Norma apareció, muy elegante, con su vestido amarillo, pidiéndole ayuda para coser una falda plisada, modelo que había visto en el puesto de revistas de la esquina. Aunque pensaba que Norma era frívola, siempre insistiendo en que la acompañara a los bailes donde se pescaba novio con facilidad, nunca la censuró. Conoció entonces a la otra, amiga lejana de Norma. Compañeras en el curso de dactilografía, las dos ansiaban trabajar en una firma americana. Después viajarían a Estados Unidos, pasearían por la Quinta Avenida. Norma soñaba en conquistar un oficial americano. Lamentando que ya no nos visitaran, como en la época de la guerra. La otra oía, casi al final le preguntó:
-¿No quieres venir? Se refería a la entrevista en la firma americana. Negó con la cabeza. Le dio vergüenza explicar que quería casarse. Era más fácil, y su corazón se lo pedía. -Ya lo sé, a ti sólo se te pueden ofrecer recetas de pastel de chocolate, dijo la otra, molesta.
A esto sí accedió, entusiasmada. Exigiendo una receta escrita. Y que la otra telefoneara a la madre, para que confirmara los ingredientes que en ese momento le dictaba la memoria. En casa, por lo estricto de los gastos, no pudo prepararla. Pero se consolaba: en cuanto ame a alguien lo sorprenderé con mis postres. Acarició siempre la esperanza de que los pasteles de chocolate fueran la sobremesa del marido. Los dulces sólo servían para consentir al amado. Tanta simplicidad conmovía a Norma. Años más tarde, cuando se separaron y fue perdiendo los amigos, su destino era renunciar al mundo para conservar el amor. Antes de alejarse para siempre, Norma le dijo, poniéndole la mano en el hombro:
-Esto tenía que pasarte.
Quiso aún explicar, decirle que se engañaba. Pero Norma se marchó sin mirar atrás, caminando con decisión.
Cuando él volvió meses después, le trajo regalos, besó largamente su cabello, que según afirmaba, olía a cielo, le hizo ver la importancia del viaje, no se arrepentía de haberse ido por el placer del regreso. A ella le pareció gentil su explicación. Corrió a la cocina, antes de que él la llevara a la alcoba. Valiéndose de dosis exactas trató de lograr la perfección. No admitía el amor sin que el pastel estuviera esperándolos, especialmente los días de fiesta. Él rió, encantado de aquel capricho, no se sentía con derecho a protestar. También él respetaba su libertad. Dejó que terminara. Ella volvió al fin, como diciéndole estoy lista para tu difícil ausencia. Siempre era discreta en las cosas del amor, y él apreciaba su recato. Repudiaría un proceder atrevido, que mancharía para siempre la ilusión de poseerla como si aún fuese la primera vez. Intuyéndolo, ella escondía la cabeza en la almohada, velando sus dulces lágrimas. Él gritaba, como un vasallo del rey Arturo: ¡Las mujeres son gratas! ¡Las mujeres son gratas!
Ella interpretaba el sentido de sus palabras. Secaba sus lágrimas, entregándose con pudor. Jamás rehusaba tales escenas. A veces se repetían a la semana siguiente. Él fingía no advertir que ese encanto amenazaba con agotarse. Hacía cuanto podía para renovarlo. Por eso la amó tanto durante aquellos años. Su fantasía se apoyaba también en las sorpresas. En ocasiones adoptaba disfraces, barbas y bigotes falsos, pelucas. Llegaba sin prisa, dando tiempo a la sospecha de los vecinos, y no para que pensaran que ella lo engañaba, sino porque le divertía crear esas ilusiones.
Obediente, ella se exaltaba. Aunque sufriera su ausencia. Su amor en días difíciles se inquietaba de tal modo que consultaba el calendario con la esperanza de que fuera día de pastel de chocolate, cuando sin duda él vendría. Hasta el fin del año, el calendario registraba todos los días de su visita. Ella jamás le sugirió un cambio de fecha, o una mayor asiduidad. Respetaba aquel sistema.
En los comienzos de mes, sin embargo, él llegaba más temprano, trayendo el dinero para los gastos de la casa, y cualquier excedente que le hiciera falta. Lo depositaba sobre la frutera, aunque hubiera en ella bananas, peras, manzanas que ella adoraba, imaginándose entre la nieve. No sabía explicarlo, pero comiendo manzanas se sentía elegante, de guantes pécari importados, hablando francés y con un pañuelo de seda en la cabeza.
Dejaba allí el dinero hasta que él partía. Después, lo ponía junto al misal. Los dos se sometían a los ritos.
Un día le dijo: Vamos a salir ya mismo, porque nunca hemos ido al cine, y como quiero ir al cine contigo antes de morir, es hora de que cumplamos mi deseo.
Ella lo abrazó llorando de alegría: ¡Eres mío, cómo eres mío!
Fueron y no se divirtieron, él tildó de obscenos los episodios de amor. Ella no estuvo de acuerdo, pero su felicidad no la impulsaba a la insistencia. Comieron helado mientras él seguía protestando. Ella se manchó el vestido, y entonces él rió, le gustaban sus curiosas intuiciones, su modo de errar en las cosas pequeñas.
La madre la visitaba dos o tres veces al año. Todavía cosía por encargo. Discretamente, preguntaba por él. Temía irritarla. Nunca había comprendido aquel casamiento. Él se había opuesto a que usara vestido de novia, alegando que el traje nupcial sólo debía ser visto por el esposo. Pero después de la ceremonia, ya a solas en el cuarto, le obsequió un vestido blanco, con velo y guirnaldas. Esa primera noche ella surgió ataviada a la medida de sus sueños, y él cerró los ojos y los abrió de nuevo para ver si ella estaba aún a su lado, la mujer que amaba, y conmovido habló del modo que ella comprendía: Estás hermosa, sólo faltaría que el sacerdote nos casara de nuevo, y cuando en medio de la noche conocieron sus cuerpos, él le pidió que reposara, porque era él quien debía colgar en el armario el vestido de novia comprado para ella, con ninguna otra mujer podría haber obrado de esa manera, y ella nunca lo olvidó.
Así pues, cuando la madre la visitaba, la hija le preguntaba por el padre, cómo iban las cosas, sin invitarla nunca a quedarse, aunque vivía lejos, viajaba horas en tren para regresar a su casa. En aquellas breves visitas, la hija de nada se quejaba. Parecía encantada con su situación. La madre nunca había visto una mujer más feliz. A veces sentía deseos de preguntar: A qué hora llega él. O prolongar la visita para verlo cuando viniera a cenar.
Pero, a partir de las cuatro, la hija empezaba a ponerse inquieta, se levantaba a cada rato pretextando naderías, fingía ocupaciones, él solía demorarse, le aseguraba ansiosa. A la hora de la despedida, la madre siempre repetía: Bonita vuestra casa.
A la semana siguiente, adivinando, él preguntaba: ¿Y tu madre, nunca volvió? Ella ponía una cara triste, abrazada a él susurraba: -Sólo te tengo a ti en el mundo. Él la besaba, y como pidiendo disculpas, decía: Vuelvo el próximo miércoles, ¿estás contenta? Ella sonreía, el rostro brillante, los cabellos como a él le gustaban. Ya con algunos hilos blancos. Hilos que él respetaba, pensando: Ella es pura, es pura.
Un día no resistió, llegó disfrazado, en una última tentativa de confundir a los vecinos. Traía en las manos sendas maletas. Ella sufrió en silencio la perspectiva de una larga ausencia. Lo ayudó como si estuviera cansado, la vida era dura para él. Le trajo agua helada, lamentando no tener una fuente en el solar, de tenerla la adornaría con piedras, tal vez pondría una imagen. El hombre bebió, se quitó el disfraz que nunca había recibido de ella censura alguna. Y asumiendo una fingida independencia habló en voz alta, para que ella escuchara:
-Terminó el tiempo de prueba. Esta vez vine para quedarme.
La mujer lo miró, escondiendo su profunda alegría, y corrió después a la cocina. Nadie la superaba en los pasteles de chocolate.

Nélida Piñon

domingo, noviembre 27, 2005

ALGUNAS VECES ME ASUSTA LO QUE ESCRIBO

“Algunas veces me asusta lo que escribo,
pero no puedo mirar a otro lado.
Y no miraré.
Ese es el único lugar al que me dirijo...
Y es un lugar libre”.

Toni Morrison
Premio Pulitzer 1998 y Premio Nobel en 1993:

domingo, noviembre 20, 2005

EL POEMA DE LA ROPA SUCIA

Este es el poema de la ropa sucia
porque hemos viajado de ciudad en ciudada
cumulando ropa blanca sucia y sudadas camisas,
blue-jeans costrosos y grumosos de nuestro jugo y remeras ajadas por nuestra gloriosamente desordenada pasión
y ropa interior tiesa por nuestro gozo.

He vuelto a casa a lavar mis ropas,
dan golpecitos en el piso del baño como lluvia,
el agua se lleva goteando los días hasta ti
el agua sucia me habla de amor.

Vaporosa en las burbujas de nuestro amor,
he zambullido mis manos en agua caliente
como podría zambullirlas
en tu corazón.

Después de años de manchas y chapoteos
estoy finalmente limpiándome.
Volaré hacia ti con una valija de nueva ropa sucia,
me despojaré de mi ropa, la amontonaré en el suelo,
y dejaré que friegues mi cuerpo con tu amor.
(Erika Jong)

jueves, septiembre 29, 2005

NO TE DES POR VENCIDO

No te des por vencido
ni aún vencido,
no te sientas esclavo
ni aún esclavo;
trémulo de pavor,
piénsate bravo
y arremete feroz
ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
no la cobarde intrepidez del pavo
que emaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
o como Lucifer que nunca reza,
o como el robledal cuya grandeza,
necesita del agua y no la implora...

¡ Qué muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!


ALMA FUERTE